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EL CIELO
3
En el Cielo la Divinidad del Señor es el amor a Él y la caridad hacia el prójimo

13. Lo Divino que procede del Señor se llama en el cielo Divina verdad por la razón que más adelante se dirá. Esta Divina verdad influye en el cielo, procedente del Señor, de Su Divino amor. El Divino amor, y la Divina verdad que procede del mismo, son como el fuego del sol del mundo y la luz que procede de este; el amor como el fuego solar y la verdad del amor como la luz del sol. Así es también que por correspondencia el fuego significa el amor y la luz la verdad que procede del mismo. Por esto se puede ver de que naturaleza es la Divina verdad, que procede del Divino amor del Señor, es decir, que en su esen­cia es el Divino bien unido a la Divina verdad, y puesto que se halla unido a ella, vivifica todo cuanto hay en el cielo, como en el mundo el calor solar, unido a la luz, hace fructificar a todo cuanto hay en la tierra, lo cual sucede en la primavera y en el verano. Otra cosa acontece cuando el calor no va unido a la luz, es decir, cuando la luz es fría; entonces todo entumece y yace exánime. El Divino bien comparado con el calor es el bien del amor en los ángeles, y la Divina verdad comparada con la luz es el conducto por el cual viene el bien del amor.

14. La razón por la cual lo Divino en el cielo, que hace el cielo, es amor, es que el amor es una conjunción espiritual; une los ángeles al Señor y los une entre sí mutuamente, los entreúne de manera que todos forman una sola entidad ante la vista del Señor. Además el amor es el Ser mismo de la vida de cada uno; de él viene por lo tanto la vida del ángel y también la vida del hombre. Que lo más íntimo de la vida del hombre viene del amor puede saberlo todo él que reflexiona; porque por la presencia del mismo siente calor, por su ausencia frío, y por su privación se muere. Pero hay que saber que tal como es la vida de cada uno, tal es su amor.

15. Hay dos distintas clases de amor en el cielo, el amor al Señor y el amor al prójimo. En el íntimo o sea tercer cielo, está el amor al Señor; en el segundo cielo o sea en el intermedio, el amor al prójimo. Ambos proceden del Señor y ambos hacen el cielo. El modo de distinguirse y el modo de unirse, los dos amores, se ve claramente en el cielo; pero en el mundo tan sólo de una manera oscura. En el cielo, por amar al Señor no se entiende amar a Él como Persona, sino amar al bien que de Él procede, y amar al bien es querer y hacer el bien por amor; y por amar al prójimo no se entiende amar al compañero, como persona, sino amar a la verdad que viene del Verbo, y amar a la verdad es quererla y practicarla. Por esto es evidente que ambos amores son distintos como el bien y la verdad. Pero esto entra difícilmente en la idea de un hombre, que ignora lo que es el amor, lo que es el bien y lo que es el prójimo.

16. He hablado repetidamente con los ángeles sobre este asunto.  Han dicho que les sorprendía el que los hombres de la iglesia no supiesen que amar al Señor y amar al prójimo es amar al bien y a la verdad y hacerlos por voluntad; siendo así que bien pueden saber que cada uno demuestra su amor con querer y hacer lo que otro quiere; que así se hace amar del otro y se une a él, y no con amarle sin hacer su voluntad, lo cual en sí mismo no es amar, y también porque pueden saber que el bien que viene del Señor es su seme­janza, puesto que Él Mismo está en este bien y que son transformados en semejanza Suya y unidos a Él aquellos que hacen el bien y la verdad, su vida queriéndolos y practicándolos. Además querer es desear obrar. Que esto es así enseña también el Señor cuando dice en el Verbo:

Él que tiene Mis mandamientos y los guarda aquel es él que Me ama  y Yo le amaré y haremos con él morada (Juan 14: 21, 23).

Y en otro lugar:

Si guardareis Mis mandamientos estaréis en Mi amor (Juan 15: 10,12).

17. Que lo Divino que procede del Señor, que influye en los ángeles y hace el cielo, es amor lo demuestra toda experiencia en el cielo, porque todos los que allí están son formas del amor y de la caridad; son de inefable hermosura, y el amor se manifiesta en sus rostros, en sus palabras y en cada mínimo detalle de su vida. Además hay esferas espirituales de vida, que proceden de todo ángel y de todo espíritu, rodeándoles, y por estas se conoce, a veces a grande distancia, su calidad con respecto a las inclinaciones, que son del amor; porque estas esferas emanan de la vida de las inclinaciones y por ello de los pensamientos, es decir, de la vida del amor, y por ello de la fe, de cada uno. Las esferas que proceden de los ángeles son tan llenas de amor que afectan a la más íntima vida de aquellos con quienes están. Algunas veces han sido notadas por mí y me han afectado de esa manera. Que es por el amor que los ángeles tienen vida es también claro por esto de que cada uno en la otra vida se vuelve según su amor. Los que están en el amor al Señor y en el amor al prójimo se vuelven constantemente hacia el Señor; por otra parte los que están en el amor a sí mismo se vuelven constantemente en dirección opuesta al Señor. Esto hacen en cada movimiento de su cuerpo, porque en la otra vida la extensión se halla con arreglo al estado interior de ellos; igualmente los puntos cardinales, los cuales no se determinan allí como en el mundo, sino que se determinan con arreglo a la dirección en que vuelven sus rostros. Verdad es que no son los ángeles que se vuelven hacia el Señor, sino el Señor quien vuelve hacia Sí a aquellos que aman el hacer lo que es de Él. Detalles sobre esto, más adelante, donde se tratará de los puntos cardinales en la otra vida.

18. La razón por la cual lo Divino del Señor en el cielo es amor, es que el amor es el receptáculo de todo lo que hay en el cielo, a saber, la paz, la inteligencia, la sabiduría y la felicidad, porque el amor recibe en sí todo aquello que en totalidad y en parte con él concuerda y lo anhela, solicita y absorbe espontáneamente, porque tiene continuo deseo de enriquecerse y perfeccionarse con ello, cuyo hecho es también conocido del hombre, porque en él el amor pasa por así decir revista de las existencias de su memoria, eligiendo todo aquello que concuerda, reuniéndolo y arreglándolo dentro sí mismo y bajo sí mismo; dentro de sí mismo, a fin de que sea suyo, y bajo sí mismo, a fin de que le sirva; por otra parte, las demás cosas, que no concuerdan, las rechaza y expulsa. En los que han sido elevados al cielo se ha visto también claramente que el amor posee toda facultad de recibir la verdad que con él concuerda, y también el deseo de unirla consigo. Por más que estos en el mundo habían sido simples, llegaron a tener hasta angelical sabiduría y celestial felicidad al entrar entre los ángeles. La causa era que habían amado el bien y la verdad por ser bien y verdad, y los habían implantado en su vida, siendo por ello hechos facultades para recibir el cielo, con todas las inefables cosas que en él hay. Los que por el contrario están en amor a sí mismo y al mundo no tienen facultad alguna para recibir estas cosas; se apartan de ellas, las rechazan, y al primer contacto e influjo huyen de ellas y se juntan en el infierno con aquellos que se hallan en amores parecidos a los suyos. Hubo algunos espíritus que dudaron de que hubiera en el amor celestial tales cosas, y desearon saber si esto era así; por lo cual fueron introducidos en el estado del amor celestial después de haber sido alejados los obstáculos, y fueron conducidos adelante a una distancia, donde estaba el cielo de los ángeles; y desde allí hablaron conmigo, diciendo que sentían una felicidad mas íntima de lo que podían expresar con palabras, lamentándose mucho de tener que volver a su estado anterior. Otros fueron también elevados al cielo, y conforme fueron elevados más al interior o sea a mayor altura, entraron en tal inteligencia y sabiduría, que podían entender lo que antes les era incomprensible. Por esto es evidente que el amor que procede del Señor es el receptáculo del cielo y de todo cuanto allí hay.

19. El amor al Señor y el amor al prójimo encierran en sí toda verdad Divina; lo cual también es evidente por lo que el Señor mismo ha dicho acerca de estos dos amores, o sea:

Amarás al Dios tuyo de todo tu corazón y de toda tu alma; este es el primero y el grande mandamiento; el segundo, que es semejante a este, es, amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas (Mateo 22: 37-40).

"La ley y los profetas" son todo el Verbo o sea toda la Divina verdad.

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